el último viaje de L’Alliance

El 11 de junio 2019, el comprador de L’Alliance llegaba a Horta, el principal puerto deportivo de Azores, en la isla de Faial. Ya nos había dejado una paga y señal en Panamá, pero ahora se trataba del paso decisivo para confirmar la transacción, ya que esta vez venía acompañado por su mujer, que todavía no había visitado el barco, y cuya opinión iba a ser decisiva.

Por eso yo y Marina habíamos pasado todas las mañanas, durante las dos semanas que duraron nuestras “vacaciones” en Velas (isla de Sao Jorge) a dar un profundo lavado de cara al barco, impregnando de aceite la teca, quitando con ácido las manchas de óxido, limpiando todo el barco desde las sentinas hasta a las crucetas, e incluso enmasillando y pintando detalles que se habían quedado inacabados desde la reconstrucción. Y nuestros esfuerzos, efectivamente, fueron premiados.

Concluso el trato, ya solo me quedaba llevar el velero a Lisboa, junto con los nuevos propietarios, y un par de tripulantes más. Entre ellos, en realidad, nadie tenía la más mínima experiencia de navegación oceánica, pero yo estaba inocentemente convencido que ese último pasaje sería coser y cantar. Recién llegaba de cruzar el mar del Caribe primero, y el Atlántico Norte después, cumpliendo con la parte más dura de la ruta entre Panamá y Lisboa: si L’Alliance había exitosamente recorrido casi 2.500 millas en los últimos dos meses, las 950 millas restantes me parecían pan comido. Sin embargo, las dos falsas partencias que retrasaron la salida me hecharon en cara que cualquier travesía, aunque parezca corta, necesita una acurada preparación, y nunca hay que tomarla a la ligera.

Los futuros armadores de L’Alliance tenían prisas, y enseguida hicimos las compras para la cambusa y nos consideramos listos para zarpar; pero los primeros tres días el méteo daba vientos contrarios y no pudimos empezar el viaje. Aproveché esta espera para hacer un par de salidas, para que la tripulación empezara a amarinarse y se familiarizara con el barco. En cuanto pudimos, en la cola de una depresión, zarpamos desde Horta rumbo a Lisboa. Con 15 nudos de viento por la aleta, el gennaker nos tiraba a 7 nudos y era un auténtico placer. Para conservar mis energías, me impuse hacer una siesta, pero al rato me desperté notando que había refrescado. De repente habían 24 nudos y me apresuré a enrollar el gennaker, pero mientras estaba en ello, no sé como, el cabo del enrollador del génova se soltó, y de alguna manera el viento empezó a desenrollar la vela. De repente tenía una situación sin antecedentes en la historia de la navegación de recreo: escotas del gennaker y del génova liadas entre ellas, anudadas en el tambor del enrollador; ambas velas, parcialmente enrolladas, flameando y golpeándose mutuamente de manera furiosa. Todo estaba atascado y no había manera de enrollar ninguna de las dos. Tuve que liberar la driza del gennaker, e intentar arriarlo de urgencia: naturalmente se fue al agua, pero lo pude volver a subir a bordo y afirmarlo a cubierta. Luego me ocupé del génova: las sacudidas que daba al estay eran tan fuertes que tuve que cortar las escotas para que se soltara el embolsamiento y se pusiera en bandera. En todo esto el timonel trasluchó un par de veces ocasionando la ruptura de los remaches de la botavara de la mesana, que se quedó suelta y colgando de la vela. Tras enrollar manualmente el génova y atarlo, izé la trinqueta de garruchos, que era la única vela de proa que nos quedaba disponible. También tomé dos rizos a la mayor, ya que el viento no paraba de refrescar, y arrié la mesana antes de que se estropeara.

Entonces pude tomar un respiro, y analizar la situación: con tantos desperfectos, y un tripulante paralizado por el mareo, no tenía sentido seguir rumbo al continente, así que nos pusimos al través para hacer una parada técnica a Terceira. Durante la noche el viento estuvo soplando entre 35 y 40 nudos, y L’Alliance demonstró a sus nuevos dueños que con 3 rizos y trinqueta está en su salsa en un fuerza 8. A las 7 y media de la mañana recalamos en Angra do Heroísmo, donde enseguida aprovechamos la gran esplanada de hormigón para abrir el gennaker y enrollarlo bien. También solucioné el problema del génova y de la mesana. Pero en este muelle industrial, L’Alliance estaba sufriendo muchos golpes y parecía que las defensas explotarían en cualquier momento, así que nos fuimos a fondear a Praia Vitoria, al otro lado de la isla, donde llegamos a las tres de la tarde.

Tras una noche de sueño reparador, con las primeras luces del día zarpamos por segunda vez rumbo a Lisboa… Una vez más parecían las condiciones ideales: quince nudos por la aleta y sol radiante… Pero tampoco iba a durar mucho: esta vez, fue la calma chicha a estropearlo todo. Después de 24 horas de motor, se apoderó de mi esa angustia que acecha a quienes no han estudiado suficientemente antes de un examen, cuando se dan cuenta que no van a aprobar… Reflexioné sobre nuestra situación más en detalle, volviendo a mirar los gribs con un detenimiento que antes no había tenido tiempo de dedicarle, imaginándome las 800 millas que nos quedaban, con el poco viento previsto para la semana. De repente caí en la cuenta que de las provisiones que habíamos hecho casi una semana antes ya no quedaba nada fresco, y lo que había en la cambusa se quedaría corto si tuvieramos que quedarnos durantes días al garete, esperando a que vuelva el viento. Porque tampoco tenía los depósitos llenos, ya que al vender el barco no quería dejárselo con 500€ de diesel de regalo. Lo único que teníamos de sobras era agua dulce, porque eso siempre me lo tomo en serio, pero hasta la bombona de butano se había acabado y solo me quedaba de repuesto una de camping gas.

Me dio un gran bajón: me imaginé en L’Alliance al garete durante días, a 120 millas de la costa portuguesa, comiendo las últimas latas sin ni poderlas calentar… un escenario desolador y vergonzoso. La única solución era recalar también en la isla de Sao Miguel, aunque para llegar al puerto de Ponta Delgada teníamos que alargar nuestra ruta de unas cien millas. Parecía que L’alliance se resistiera a ser vendida, se negara a ponerse en ruta hacia nuestra despedida. Nada más deprimente para alguien que tiene ansia de llegar a su destino, y nada más embarazoso para un patrón que explicarle a su tripulación que se le ha ido la olla, que por las prisas ha actuado sin pensar, y que ahora toca volver atrás. La única nota positiva, durante este tristísimo pasaje, fue el avistamiento de un rorcual. Era la primera vez que veía una ballena, a pesar de que estaba justo a punto de superar el umbral de las 20.000 millas navegadas…

La escala de abastecimiento en Ponta Delgada fue muy productiva, y en una mañana pudimos cargar diesel, butano y comida; también desembarcamos a la mujer del comprador, ya que con tantos retrasos acumulados no le quedaba suficiente tiempo libre para cruzar con nosotros. Dicho sea de paso, nadie lamentó mucho esa baja, y a las 14 horas del 20 de junio L’Alliance zarpaba por tercera vez desde Azores rumbo a Lisboa, aprovechando el paso de otra depresión. Gracias a este viento fresco, pudimos singlar 150 millas las primeras 24h, 140 el segundo día y 100 el tercero, cuando ya el viento iba amainando cada vez más. A partir de allí, como previsto, nos tuvimos que comer muchísimo motor, pero el viaje resultó ameno, con la pesca de un buen atún para variar la dieta, alguna zambullida en el océano, y sobretodo el avistamiento de muchísimos delfines comunes, y otro rorcual. Esta vez, con el mar en calma, el enorme bicho se acercó a unos 30 metros, salió a la superficie varias veces y en alguna ocasión pudimos verle bien, y oír de cerca su poderoso soplo. Incluso llegó a pasar debajo del barco, y fueron momentos de contemplación casi religiosa, escudriñando el horizonte a la espera de otra epifanía cetácea.

Al amanecer del 27 de junio llegamos a las puertas del Tajo. Con la marea montante recorrimos, tierra adentro, las últimas 25 millas del periplo de L’Alliance. Este barco que desde enero del 2011 ha sido mi obsesión, mi pasión, mi maldición. Este velero que tenía que ser mi barco ideal, mi dream ship. Un proyecto de vida que había imaginado muy diversamente de lo que acabó siendo, por una serie de cambios de rumbo inesperados. Una vuelta al mundo atrofiada en una simple vuelta del Atlántico Norte. Años de trabajos desesperantes, de aprendisajes, de satisfacciones.

Y todo corriendo, hasta al último momento, recogiendo mis cosas y preparando la mudanza, sin a penas tiempo para despedirme de mi barco y de todo lo que representa: …para decir con dios a los dos nos sobran los motivos.

(Singladura desde Horta: 1.124 millas náuticas)

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