por el Atlántico

Estoy cansado de tanto narcisismo digital, fotos de anocheceres en el mar y selfies posando al timón… quiero dejar todo esto atrás, y a partir del 2018 transformar este blog en algo mucho más sobrio: justo un registro de mis viajes por mar, y si eso algún comentario acerca de las situaciones que me pueda llegar a encontrar.  Fotos seguirán habiendo, pero sin tanto postureo.

Esta fase de transición coincide con mi primera travesía del Atlántico, que voy a resumir así, para que conste:

En octubre me junté con Marina y preparamos L’Alliance en el puerto deportivo de Garrachico, Tenerife.  (Al ser puerto público es bastante barato, como el de la Graciosa, Corralejo en Fuerteventura, o el puerto de Las Palmas de Gran Canaria).

A medida que se acercaba el día de zarpar, me ponía cada vez más nervioso por la responsabilidad de llevar el barco por una ruta tan larga y para mi desconocida. Mi ansia de que nunca falte comida, además, se exasperó en previsión de la travesía. Llegué a comprar una envasadora al vacío, pensando que de esta manera podría conservar más a largo plazo productos frescos, como fruta y verdura, afuera de la nevera. El experimento fué un fracaso total, ya que la envasadora es útil para conservar en frío alimentos cocinados, mientras no vale para guardar alimentos frescos en la sentina, sobretodo navegando por los trópicos.

Taganana, Tenerife

En cuanto llegaron los otros 3 tripulantes, nos hicimos a la mar hacia una primera escala: el puerto de la Restinga. Allí nos hubieramos quedado unos días, pero el méteo anunciaba calma chicha durante la semana, así no quise malgastar el único día de viento fresco que quedaba, y la escala en El Hierro se redujo a menos de 24h. Una pena no haber visitado ni el Hierro, ni La Palma, ni La Gomera, que además parece que sean las más bonitas de Canarias. Nos queda esta asignatura pendiente…

La travesía hacia Cabo Verde, como previsto, nos vió derivar al garete durante 3 días, por ausencia total de viento. Eso hizo que tardáramos 9 días y 8 noches en cubrir las 811 millas que nos separaban de Sao Vicente. En este viaje nos enteramos rapidamente que nuestro amigo Chay había sido un super fichaje: por un lado no paraba de cocinar platos riquísimos, por el otro hizo valer sus conocimientos de mecánica arreglando nuestro alternador, y purgando 2  veces el circúito hidráulico de la timonería.

encuentra todas las calaveras

Uno de los últimos días de la travesía tuve un accidente, porque escuché el barco trasluchar: salí pitando de mi camarote  y ví que se había roto una retenida y la escota estaba enganchada en la escotilla abierta: sin pensar en el riesgo que estaba asumiendo, me lanzé a desenganchar  la escota para que no arrancara la escotilla, pero justo en este momento el timonel volvió a trasluchar: yo estaba desnudo debajo de la botavara, en pleno recorrido de escota, contra y retenidas, que en una fracción de segundo me dejaron con abrasiones y contusiones en todo el cuerpo. Hasta a hoy, es el único accidente que tuve en 10 años de vela. Y la verdad es que dentro de lo que cabe me fue muy bien, ya que no tuvo mayores consecuencias.

En Mindelo estuvimos 18 días, y me alegró mucho la llegada de Rocky, y hasta mis padres vinieron a verme.  Con tantas visitas, a penas nos movimos entre S Vicente y s Antao, pero guardamos un buen recuerdo de esas tierras relativamente áridas (a pesar del nombre) y de esa gente pobre pero no infeliz.  Allí también me prometí volver, antes o después, para visitar las otras islas del arcipélago.

puerto grande, Mindelo

Para la travesía del Atlántico, mis 3 tripulantes fueron el Chay, Borja (que nos acompañaba desde Portugal)  y el joven Mirko, que se sumó al último momento. A la hora de zarpar ya no quedaba nada de ese estrés que me había asalido durante los preparativos en Canarias: la travesía fue serena y relajada, las condiciones fueron ideales y los 21 días que tardamos en llegar a Martinica pasaron volando. (2124 millas)

En Le Marin nos quedamos una semana, pero los precios eran muy elevados y el fondeadero estaba petado de catamaranes y barcos gabachos, que daban al lugar una agobiante impresión de abuso turístico. Allí nos despedimos de Mirko y seguimos rumbo a Curaçao entre tres.

Cubrimos esas 510 millas en 4 días y 4 noches, la última pasada casi toda al pairo para no atterrizar antes del amanecer.  En Curaçao pusimos el barco en seco para el carenaje y unas reparaciones menores.

Voy a poner aquí un vídeo de la travesía y un vídeo de Curaçao: pero os aseguro que será la última vez que me pongo a editar videos para ir de guay, a partir del 2018 este blog será mucho más sobrio, porque como comentaba al principio, hace tiempo que ya no le veo el sentido a tanta vanidad.  En realidad me da hasta pereza seguir llevando el blog y contando las millas, pero con la mala memoria que tengo, me viene muy bien tener un recordatorio de las rutas hechas…

 

 

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