a Baleares con el Tania

El Mediterraneo en invierno puede ser bien chungo. Sobretodo si uno se salta el principio fundamental de toda navegación: no tener prisas, y esperar la buena ventana metereológica para hacerse a la mar.

Pero yo tenía tan solo diez días de tiempo para ayudar a mi colega Peter, un viejo punk de Berlín, a llevar su barquito desde Cartagena hasta Sicilia. Hacía tiempo que me insistía, mientras se lo iba trayendo poco a poco desde Lübeck hasta allí, pasando desde el mar del Norte al Báltico, y luego costeando todo el norte de Francia hasta a cortar el golf de Gascogne, y rodear enfin la península ibérica hasta a entrar por Gibraltar. Y todo esto con tripulaciones estemporáneas, reclutadas en los puertos o por la lista de correos de la Cofradía de Navegantes Anarquistas.

Ahora me tocaba a mi acompañarle, en nombre de la vieja amistad y de la solidaridad marinera; aunque en realidad no iba muy animado, sino bien consciente de que esa ruta, con ese barco, en noviembre y con prisas iba a ser una pringada. Su velerito, llamado Tania, es un barco de regata cuarentón, diez metros de eslora, sin piloto automático y con muchas ganas de un buen refit.

El primer pasaje era de Cartagena a Ibiza: teníamos 2 días para surcar esas 140 millas, desembarcar allí nuestro tercer tripulante y embarcar 2 tripulantes nuevos. Lamentablemente el viento era perfectamente contrario, NNE las primeras 24 horas rolando a ENE el día siguiente, con lo cual tuvimos que plantearnos dos largos bordos de ceñida, el primero hasta a rozar las aguas territoriales Argelinas, el segundo apuntando a Formentera, mientras las 140 millas se convertían en 240 por el mismo precio.

 Cuarenta y cuatro horas de ceñida en el Mediterraneo en invierno no se las deseo a nadie, pero hacerlas turnandose entre tres a la caña, con una media de 25 nudos de viento y lluvias torrenciales, sin lograr encender la cocina a petróleo ni poder dormir debido a los pantocazos que te expulsaban de la banqueta cada pocos segundos, eso fue bien deportivo.  Raras veces me había mareado tanto como en esta travesía, y llegué al puerto de las Sabinas totalmente deshidratado de tanto potar.  Para Sergio, cuya experiencia previa por mar había consistido en acompañarme en amenas navegaciones por el Caribe a bordo de L’Alliance, también fue todo un reto: durantes las largas guardias  nocturnas bajo el agua, a más de 80 millas de la costa más cercana, llegó a pensar en las condiciones de supervivencia a las que se enfrentan los soldados en guerra, anestetizados ante el peligro por la privación de sueño y el hambre… sin embargo, a cuentas hechas, agradeció haber vivido una experiencia de navegación tan formadora, y haber aprendido que el mar hay que tomarlo siempre con respeto. De hecho, en el mamparo del Tania, hay pegada una placa que pone en alemán “el mar no perdona ninguna ligereza”. El único que de verdad disfrutó a lo largo de todo el viaje fue el viejo Peter: para un okupi como él, acostumbrado a varios días sin dormir, pogo salvaje y peleas con nazis, esas horas de navegación fueron como coser y cantar.

En fin, tras esta travesía tan cansina, se me cortó el rollo de seguir con la navegación de altura hasta a Sicilia, y propuse un plan B mucho más prudente: seguir con el cabotaje hasta al norte de Menorca, donde el Tania podría descansar en un puerto en espera de condiciones meterológicas más clementes, y aptas para cruzar a Italia. Y de hecho, al dejar atrás las prisas, las sucesivas navegaciones por Ibiza, Mallorca y Menorca fueron relajadísimas y placenteras… unas verdaderas vacaciones. 

(singladura final a bordo de Tania: 419 millas)

5 meses por el Caribe

El 7 de marzo volé a Curaçao, Antillas Holandesas, donde L’Alliance me estaba esperando en varadero. Por primera vez estaba a solas con ella, y durante dos semanas me dediqué al carenaje y a los preparativos necesarios para devolverla a su elemento natural. Fueron dos semanas bastante duras y de gran reflexión: el proyecto colectivo, por varias razones, se había por así decir ido a la mierda, y me encontraba solo a ocuparme del mantenimiento de un barco de acero de casi 50 pies… Aunque mi socio siempre estuviera virtualmente presente por cualquier consulta, y económicamente solvente, la esclavitud de tener semejante barco se me manifestaba más que nunca.

Fue allí que empecé a madurar la idea de vender lo que ha sido el barco de mis sueños, el velero que estuvimos reconstruyendo durante 6 años, y que encarna el sacrificio y la dedicación de muchas manos y largos meses de trabajo. Puse un anuncio, pero aún sin convicción, y un precio mucho más alto del valor de mercado (y sin embargo mucho más bajo de lo que nos costó). Aún así me contactaron un par de personas interesadas, y mil dudas me agredieron como una fiebre.
Naturalmente vender un barco no es tan simple como eso, y por lo tanto el 20 de marzo L’Alliance volvió al agua y zarpé por nuevas aventuras.

Los primeros 20 días navegué con un colega entre Curaçao y Bonaire. Era la primera vez que llevaba L’Alliance con tripulación tan reducida (de a dos) y la verdad es que enseguida se me pasaron todas las ansias y me entusiasmé al ver que yo y Sergi hacíamos super buen equipo. Nos la pasamos genial, nuestro lugar favorito siendo con diferencia la islita de Klein Curaçao, un pequeño paraiso de arena, coral, mucha fauna marina y alisios constantes. La isla está prácticamente deshabitada pero tiene en su centro un magnífico faro. Por la mañana, antes de que lleguen los barcos de turistas, bajábamos nadando con las tortugas hasta la playa, para hacer yoga. A las 3 de la tarde todos los barcos de charter se marchaban, y la isla volvía a ser enteramente nuestra… Allí Sergi me inició a la pesca con harpón, la menos infame de todas las artes de pesca. Sin embargo es muy difícil para mi apretar un gatillo… así que me conformé con hacer tesoro de sus enseñanzas por si un día el hambre y la necesitad fueran más fuertes de mis escrúpulos conservacionistas.

También me inicié al buceo, sacándome el Open Water en Go West Diving, un centro PADI que se encuentra en la maravillosa Kalki beach, en el extremo oeste de Curaçao. Los spots que visité en mis primeros 7 buceos son tan espectaculares (uno se llama Alice en Wonderland, para daros una idea…) que temo haber puesto el listón muy alto, y que mis siguientes inmersiones serán decepcionantes si comparadas con tanta riqueza de corales y de peces tropicales. Lo bueno de este centro, además, fue que pude amarrar L’Alliance a una boya justo en frente, y el último día yo y Sergi pudimos a bucear directamente desde el barco! Qué satisfacción…

Después de otra relajante semana estando solo en el barco, empezaron a llegar los nuevos tripulantes que había enrolado para llevarlo desde ABC Islands hasta a Panamá.
La palma del mejor fichaje esta vez se la lleva mi colega Sophie, que además de haberse familiarizado muy rápidamente con las maniobras en cubierta, también sacó fotos muy buenas con su pepino de cámara.
Empezamos con dar unas vueltas por Curaçao, en los fondeaderos que ya me eran familiares, y luego nos movimos hacia Aruba. Allí estuvimos solo un par de noches, ya que nos pareció muy turística y cara, y habiendo decidido saltar la escala en Colombia* zarpamos directamente rumbo a Linton Bay, Panamá.
Trás 5 días de rápida travesía con vientos portantes sostenidos, aterrizamos en el fondeadero donde había quedado con mi amigo Requena.

En pocos días tramitamos el papeleo de entrada, visitamos Portobelo, simpatizamos con los monos de la isla Linton, y conocimos a los cofrades cuyas anclas se han aficionado a los fondos de este esfínter del Atlántico que es Panamá. Requena me regaló la preciosa guía Bahuaus con toda la cartografía detallada de las aguas panameñas, gracias a la cual pudimos zarpar para ir a visitar San Blas sin tanta ansia de embarrancar.

En Kuna Yala nos quedamos 10 días, moviéndonos de isla en isla, desde Callos Holandeses a Río Diablo, pasando por isla Tigre, isla Perro, Coco Banderos, Narganá y Tikantiki. Conocimos unos jovenes Kunas en Acuakargana que nos invitaron a una ceremonia en Soledad Miria, dónde el Saila nos hizo tomar la Chica fuerte. La primera impresión de estas islas de ensueño fue fantástica: arena blanca y palmeras de postal, cabañas de caña con techos de ojas de palma donde residen los indígenas Kuna, que gracias a la revolución del febrero de 1925 ha podido mantener la soberanía sobre sus tierras y aguas, quedándose muy apegada a sus tradiciones. Ironías de la vida, la bandera revolucionaria Kuna es igual a la bandera española, pero con al centro una svastika!


Único purgatorio en este entorno paradisiaco fueron las tremendas chitras, unos mini mosquitos que atacan en grupo y te dejan rascándote como un leproso.

Otra vez mi aleatoria tripulación se despidió de L’Alliance, y me quedé felizmente solo a bordo, pero bien acompañado por toda la peña de Linton: además de Requena, Toni del velero Virot, los argentinos Diego y Chune, toda la chusma de jóvenes gabachos (la mítica Tiffaine, Émilien el rigger y su socio Émile, Fabien el mecánico acordeonista, y la pareja del velero Basta que viaja haciendo documentales…) sólo faltaba la Margaret, que justo se acababa de ir a trabajar de guardaparques en Alaska, dejando su Drummer fondeado sobre 2 anclas.

Lamentablemente era temporada de lluvias, y las precipitaciones se concadenaban sin parar. Sin embargo fui dos veces más hasta Kuna Yala, que de verdad es un arcipélago inacabable, una vez con Rocky y Francesca, y otra con Marina y Elenita. A finales de julio, nos movimos hasta a Bocas del Toro: una ruta muy cansina, en contra del viento y la corriente, pero teníamos que llevar el barco hasta allí para poderlo dejar en varadero. Además Bocas Town, a pesar de ser una especie de Ibiza panameña, se reveló ser un lugar muy interesante y pintoresco. Allí aproveché para sacarme el “Advanced” de buceo, mientras desaparejábamos el barco para dejarlo en seco.

Durante estos 5 meses por el Caribe sentí crecer mi intimidad con el entorno marino… por un lado el snorkeling, la apnea y los cursos de buceo me desvelaron el abanico de vida submarina que sólo conocía por las fotos y los libros: corales, anémonas, estrellas de mar, caballitos de mar, peces de todo tipo y color, cambombia, langostas y centollos, tortugas (no es lo mismo nadar con tortugas en su habitat que verlas en una pecera del CRAM!) y por supuesto rayas y tiburones. Por otro lado también las aves marinas empezaron a ser más variadas respeto a mis anteriores experiencias: allí casi no se ven gaviotas, sino majestuosas tijeretas, pelícanos, bobas, y muchas especies más.

Navegar por islas tropicales me acercó también a lo que por años estuve leyendo en tantos libros de navegantes: finalmente pude ver como se trabaja la copra y cómo es el árbol del pan, pilotar mi barco en un pasaje entre arrecifes de coral, y fondear en frente de arena blanca y palmeras. Hasta los monos, los he visto por primera vez en esta ocasión (cada vez que pasé por Gibraltar me dio pereza subir arriba de ese monte…). En la era de los vuelos low-cost, estoy contento de haber salido por primera vez de €uropa cruzando el océano con mi barco, porque todo lo que fui descubriendo tuvo para mi ese valor añadido.

La cultura caribeña actual, sin embargo, no me entusiasmó… sobretodo por la falta de variedad gastronómica y la omnipresencia de dos tremendos cánceres de la sociedad: la iglesia y el reggaetón. Porque en cinco meses no escuché por las radios ni un tema de Rubén Blades, o Willy Colón, ni de Juan Luís Guerra, y ni siquiera de la Calle 13: Osuna y compañía monopolizaban los altavoces desde el campo a la ciudad.

Pero lo más descorazonador fue ver la ausencia total de conciencia ecológica: ni los Kunas, ni los caribeños en general tienen la mínima consideración para su entorno, siendo el mar generalmente considerado un basurero, incluso para pilas y baterías. Animales selváticos como los monos son a menudo enjaulados como “decoración” del hogar, y muchas especies protegidas y a riesgo de extinción (desde las tortugas hasta al gran caracol de mar dicho cambombia) son pescadas cotidianamente y constituyen parte integrante de la dieta local.

* Fue una pena no pasar por Santa Marta y Cartagena de Indias, pero la entrada en Colombia via mar cuesta 300$ para el buque + 100$ por cada tripulante, y solo se amortiza quedándose muchos meses. Además son zonas donde los alisios son acelerados por la orografía de la región, resultando a menudo en vientos fuerza 8 y oleaje bastante agresivo.

Por el Atlántico

Estoy cansado de tanto narcisismo digital, fotos de anocheceres en el mar y selfies posando al timón… quiero dejar todo esto atrás, y a partir del 2018 transformar este blog en algo mucho más sobrio: justo un registro de mis viajes por mar, y si eso algún comentario acerca de las situaciones que me pueda llegar a encontrar.  Fotos seguirán habiendo, pero sin tanto postureo.

Esta fase de transición coincide con mi primera travesía del Atlántico, que voy a resumir así, para que conste:

En octubre me junté con Marina y preparamos L’Alliance en el puerto deportivo de Garrachico, Tenerife.  (Al ser puerto público es bastante barato, como el de la Graciosa, Corralejo en Fuerteventura, o el puerto de Las Palmas de Gran Canaria).

A medida que se acercaba el día de zarpar, me ponía cada vez más nervioso por la responsabilidad de llevar el barco por una ruta tan larga y para mi desconocida. Mi ansia de que nunca falte comida, además, se exasperó en previsión de la travesía. Llegué a comprar una envasadora al vacío, pensando que de esta manera podría conservar más a largo plazo productos frescos, como fruta y verdura, afuera de la nevera. El experimento fué un fracaso total, ya que la envasadora es útil para conservar en frío alimentos cocinados, mientras no vale para guardar alimentos frescos en la sentina, sobretodo navegando por los trópicos.

Taganana, Tenerife

En cuanto llegaron los otros 3 tripulantes, nos hicimos a la mar hacia una primera escala: el puerto de la Restinga. Allí nos hubieramos quedado unos días, pero el méteo anunciaba calma chicha durante la semana, así no quise malgastar el único día de viento fresco que quedaba, y la escala en El Hierro se redujo a menos de 24h. Una pena no haber visitado ni el Hierro, ni La Palma, ni La Gomera, que además parece que sean las más bonitas de Canarias. Nos queda esta asignatura pendiente…

La travesía hacia Cabo Verde, como previsto, nos vió derivar al garete durante 3 días, por ausencia total de viento. Eso hizo que tardáramos 9 días y 8 noches en cubrir las 811 millas que nos separaban de Sao Vicente. En este viaje nos enteramos rapidamente que nuestro amigo Chay había sido un super fichaje: por un lado no paraba de cocinar platos riquísimos, por el otro hizo valer sus conocimientos de mecánica arreglando nuestro alternador, y purgando 2  veces el circúito hidráulico de la timonería.

encuentra todas las calaveras

Uno de los últimos días de la travesía tuve un accidente, porque escuché el barco trasluchar: salí pitando de mi camarote  y ví que se había roto una retenida y la escota estaba enganchada en la escotilla abierta: sin pensar en el riesgo que estaba asumiendo, me lanzé a desenganchar  la escota para que no arrancara la escotilla, pero justo en este momento el timonel volvió a trasluchar: yo estaba desnudo debajo de la botavara, en pleno recorrido de escota, contra y retenidas, que en una fracción de segundo me dejaron con abrasiones y contusiones en todo el cuerpo. Hasta a hoy, es el único accidente que tuve en 10 años de vela. Y la verdad es que dentro de lo que cabe me fue muy bien, ya que no tuvo mayores consecuencias.

En Mindelo estuvimos 18 días, y me alegró mucho la llegada de Rocky, y hasta mis padres vinieron a verme.  Con tantas visitas, a penas nos movimos entre S Vicente y s Antao, pero guardamos un buen recuerdo de esas tierras relativamente áridas (a pesar del nombre) y de esa gente pobre pero no infeliz.  Allí también me prometí volver, antes o después, para visitar las otras islas del arcipélago.

puerto grande, Mindelo

Para la travesía del Atlántico, mis 3 tripulantes fueron el Chay, Borja (que nos acompañaba desde Portugal)  y el joven Mirko, que se sumó al último momento. A la hora de zarpar ya no quedaba nada de ese estrés que me había asalido durante los preparativos en Canarias: la travesía fue serena y relajada, las condiciones fueron ideales y los 21 días que tardamos en llegar a Martinica pasaron volando. (2124 millas)

En Le Marin nos quedamos una semana, pero los precios eran muy elevados y el fondeadero estaba petado de catamaranes y barcos gabachos, que daban al lugar una agobiante impresión de abuso turístico. Allí nos despedimos de Mirko y seguimos rumbo a Curaçao entre tres.

Cubrimos esas 510 millas en 4 días y 4 noches, la última pasada casi toda al pairo para no atterrizar antes del amanecer.  En Curaçao pusimos el barco en seco para el carenaje y unas reparaciones menores.

Voy a poner aquí un vídeo de la travesía y un vídeo de Curaçao: pero os aseguro que será la última vez que me pongo a editar videos para ir de guay, a partir del 2018 este blog será mucho más sobrio, porque como comentaba al principio, hace tiempo que ya no le veo el sentido a tanta vanidad.  En realidad me da hasta pereza seguir llevando el blog y contando las millas, pero con la mala memoria que tengo, me viene muy bien tener un recordatorio de las rutas hechas…

 

 

Fracaso en Lanzarote

Para que vean que este blog no es solo para contar las navegaciones éxitosas, sino también los episodios de mal rollo, os voy a contar como fundí unos 1500€ y un mes de mi tiempo para nada… o casi.

Contando con 11.000 millas de experiencia, y 10 semanas como monitor de vela de las cuales las últimas 3 en Bretaña, decidí apuntarme al examen para obtener el Yacht Master offshore, la titulación RYA que (complementada con los cursos de seguridad en la mar STCW95) permite trabajar internacionalmente como patrón de embarcaciones de recreo hasta a 200T.  En realidad no es que quiera trabajar de eso, al menos no de momento; pero me hacía ilusión obtener este diploma, que siempre consideré una certificación muy seria (no como los títulos de recreo españoles que son una chapuza, puramente basados en test teóricos y ni siquiera respaldados por un examen práctico… Por eso cuando en 2010 me saqué el Patrón de Yate ni me molesté en escribirlo en este blog).

Me tiré todo el mes de agosto estudiando el vocabulario náutico inglés, aprendiéndome de memoria todas las lucecitas posibles que te puedes encontrar sobre algo que flota en la mar, y resolviendo problemas de navegación y cálculos de mareas con los diagramas que se usan en la pérfida Albion.  Iba muy motivado y me consideraba bien preparado. Además, todos mis amigos que ya tienen este título me habían dicho que me lo sacaría sin problema, y lo mismo me dijeron los de la escuela Endeavour Saling de Lanzarote, cuyo papel era prepararme para el examen, y que me cobraron unos 800 y pico € para pasar 5 días en su Bavaria 37 Cruiser, comiendo bocadillos todos los días (eso era la comida incluída! al final me quería morir…).

Los días de preparación fueron  bastante intensos y agotadores; el día del examen se me vino encima de repente: fue adelantado 24h por la cara, siendo yo el único candidato y contando con una tripulación de 3 chicos núnca vistos ni conocidos antes. Al estar muy cansado, es verdad que me mandé unas cuantas cagadas… Empezamos con unas maniobras en puerto, que hice correctamente, y con una navegación nocturna, en la que hice el error de no atarme a la línea de vida, contrariamente a cuanto había justamente pedido a los tripulantes de hacer en el security briefing inicial.  El examinador había dibujado unas rocas alrededor de la bocana del puerto, obligándome a un aterrizaje sobre una línea de demora muy definida. Tenía planeado parar el barco sobre la línea de sonda de los 100m y luego buscar mi demora… pero las cosas no fueron tan sencillas: la sonda, que sobre los 140m no llega a medir y por lo tanto parpadea números random, de repente empezó a marcar 24m, y a quedarse durante 10 minutos a 24, 23, 22… sin parpadear, convencida. Entonces me quedé flipando, con el miedo de haberme equivocado completamente con la estima y de estar en un lugar totalmente distinto del que me imaginaba. Además la luz verde de la bocana de Puerto Calero, que sobre papel tiene un radio de visibilidad de 8 millas, estaba totalmente escondida entre otras mill luces de restaurantes y discotecas, y a pesar de tenerla a 5 cables tardé un buen rato antes de reúbicarme. Cuando por fin me aclaré, con todos los nervios, seguí una demora equivocada, aunque en el papel la había calculada correctamente, llevando así el barco sobre los arrecifes virtuales.

Al día siguiente, el examen siguió con unas preguntas teóricas de RIPAM y metereología, que contesté todas correctamente, y presenté mi passage planning, que también fue considerado correcto. Luego salimos otra vez a navegar: esta vez fue bastante bien, con el hombre al agua recuperado a vela a la primera, el fondeo exactamente donde me lo había pedido y la blind navigation bien calculada para llegar precisamente a la bocana…        Sin embargo, no sé porqué, al volver al pantalán, ya con la sensación de que la prueba se había acabado, me desconcentré y justo hice mal la última maniobra de atraque en marcha atrás, una maniobra que los días anteriores siempre había realizado de manera limpia y sin dificuldad.

Pero bueno, yo en mi conciencia pensaba que el balance entre errores y ejercicios bien ejecutados sería claramente positivo, y me llevé una gran decepción cuando el examinador me dijo que no había aprobado. El cabrón tenía el listón más alto de lo que me esperaba, o igual no le caí bien… Tantos sacrificios para nada, aunque en realidad haya sido igualmente una experiencia culturalmente interesante: navegar a la inglesa, con estos yachtsmen tan formales y prolijos que ni se te occurra mear por la borda! Pero en fin, volví a mi barco muy disilusionado y bastante desquiciado, así que, a pesar de que todo el mundo me aconseja volver a presentarme cuanto antes (ahora que todavía tengo todo el vocabulario y la teoría fresca en la cabeza), yo no pienso volver a pasar por eso hasta a dentro de mucho tiempo!!

al “mando” de L’Alliance

En el cuadrado de L’Alliance destaca un grabado que pone “NI DIOS, NI AMOS, NI CAPITANES” , y es verdad que hasta ahora toda las responsabilidades de a bordo eran felizmente compartidas entre yo y Rocky, y todas las decisiones se tomaban juntos… Sin embargo este mes de julio Rocky no estaba a bordo, así que me encontré solo a cumplir el papel de patrón a trvés de unas 800 millas por el Atlántico norte. Por suerte me acompañaba una tripulación muy preparada y motivada, y por otro lado no hubo que hacer frente a ningún problema serio, con lo cual el viaje transcurrió serenamente y en alegría.

La primera travesía fue de Sines, Portugal, hasta Funchal, en la isla de Madeira. Zarpamos a las 18h del 4 de julio, y las primeras 24h avanzamos a 5 nudos de media con viento flojo, pero los siguientes días se puso bonacible y hasta fresquito, así que nuestra media subió a 6 nudos, con puntas a casi 8, y el día 8 a las 13h nos amarramos en el puerto de destino. El único fallo de material fue la driza nueva del gennaker que se volvió a romper, porque el sistema de roldanas a tope de palo está mal hecho y la somete a fricciones inoportunas. Me tuve que subir dos veces para sustituirla, y debido al balanceo me hice unos cuantos moratones contra la jarcia, pero el apaño funcionó satisfactoriamente.

Madeira nos dió la impresión de ser super explotada tanto turisticamente, y Funchal en particular está sobreurbanizada, pero una visita más atenta del interior y del curradísimo jardín botánico nos reveló las riquezas naturales del lugar. Tras 2 noches en el puerto, y no antes de haber dejado nuestra primera marca en la pared del dique de abrigo donde los veleros de paso suelen dejar sus dibujos, nos consideramos listos para seguir el viaje…

La segunda etapa fue bastante más corta, unas 270 millas que nos comimos en 48 horas. La primera mitad de la travesía de hecho fue bastante agitada ya que tuvimos una media de 25 nudos de viento por el través, con ráfagas a 30. La mar estaba bastante formada y la la vida a bordo se hizo relativamente incómoda, pero la tripulación ya estaba bien rodada y el viaje transcurrió sin mayores inconvenientes. Con un comienzo así de cansino, además, el ritmo de las guardias fue fácil de recuperar. El segundo día de navegación avistamos dos zifios, que se acercaron a curiosear a pocos metros de nuestro casco… unos bichos de 5 o 6 metros que no se suelen ver muy a menudo: nos quedamos tan flipados que tardamos mucho en sacar la camara, y en ninguna foto se ven bien.

En La Graciosa pasamos un par de noches fondeados, y luego una semanita en el puerto: justo coincidía con las fiestas del pueblo, y nos pusimos hasta las cejas de reguetón. Además de realizar algún que otro trabajito de mantenimiento ordinario del barco, esta semana aproveché para visitar la isla que había conocido en 2009 cuando vine con el Tobago, explorándola de un lado al otro, esta vez con nuestras mountain bikes.

(Singladura total: 1070 millas)

Bretaña 2017

Antes de irme desde €uropa, quería ir una vez más a navegar por Bretaña, con la escuela de vela asociativa Les Glénans. Esta vez también me tomé tres semanas, para que el viaje hasta allí saliera a cuenta. La primera semana, del 10 al 17 junio, hice un curso de perfeccionamiento en navegación, saliendo de la base de Paimpol con un RM 10.50 rumbo a las islas Anglonormannas. Tras una escala en St Malo, nos fuimos a Jersey, Guernsey y Alderney aprovechando las corrientes en la medida de lo posible. Legamos muy cerca del famoso Raz Blanchard, el pasaje a proximidad del cap de la Hague donde por coeficientes elevados se generan corrientes de hasta 10 nudos…

Gilles, el formador, se lo curró mucho y pudimos hacer también algo de navegación con el sextante. También fue muy entretenido el fondeo a la isla de Bréhat, adonde aprovechamos de tener un barco de doble quilla para quedarnos varados a marea baja… En total, navegamos unas 200 millas.

Fuerte de este curso, las siguientes dos semanas me tocó a mí hacer de monitor, en uno stage de Vannes a Concarneau y vuelta. El barco esta vez era mucho más pequeño, un Sun Odissey 30i, y por suerte la tripulación que me tocó era muy simpática y la convivencia entre 6 no se hizo nada difícil…  Era la primera vez que hacía de monitor por esas aguas, así que tengo que admitir que por lo menos en la ruta de ida aproveché mucho el respaldo de Navionics en el ipad, sobretodo para el pilotaje en el Golf de Morbihan, o en el archipélago Glénan. A la vuelta, sin embargo, iba un poco más suelto, y estoy orgulloso de haber llegado hasta a Vannes sin encender la tablet…  La bahía de Quiberon con sus islas Houat y Hoedic, Belle Île, la isla de Groix, fueron escalas obligadas de este stage a destinación llamado “islas de la Bretaña sud”

El meteo fue hasta demasiado soleado por ser Bretaña, y la segunda semana el viento se hizo un poco desear, pero aproveché una mañana de encalmada para una visita a la “Ciudad de la Vela Eric Tabarly” en Lorient, una exposición permanente muy didáctica sobre los barcos de vela, su funcionamiento y los famosos veleristas que dieron impulso al desarrollo de esta actividad en Francia. Y si en el pantalán de la exposición solo quedaba el Pen Duick I, luego tuvimos la suerte de encontrarnos el III y el VI en navegación, así como también el buque escuela Belém izando trapo, para terminar de impregnarme de cultura marinera bretona antes de volver a Portugal para llevar L’Alliance hacia latitudes más tropicales…

(singladura total de estas 3 semanas: 450 millas)

mis primeras 10.000 millas

El 27 de mayo 2017, me desperté para mi guardia de la mañana de 6 a 10. Ya faltaban pocas millas para llegar al puerto de Sines, la ciudad que vio nacer al famoso navegante Vasco de Gama. L’Alliance avanzaba a motor, porque unas horas antes el viento había encalmado completamente y habíamos arriado las velas. Escribiendo el punto en el cuaderno de bitácora, me fijé en el log: en tan solo una milla más, si todos mis cálculos eran correctos, cumpliría mis primeras 10.000 millas! Tenía pensado abrir un cava o una cerveza para la ocasión, pero siendo las 8 de la mañana acabé festejándolo con un zumo de naranja, y un buen desayuno…

Para felicitarme, acudieron también unos cuantos delfines comunes (Delphinus delphis), los del reloj de arena dibujado en el costado… En realidad en el Mediterráneo no los había visto nunca, pero en el Atlántico parece ser que sí sean comunes de verdad. Son bastante grandes, y les encanta saltar y hacer acrobacias…

 

la fuga de L’Alliance

Después de 6 años de reconstrucción del barco y preparativos, por fin llegó el día de zarpar, y casi no me lo podía creer. Todo lo que había planteado, todo lo que había soñado, acabó siendo muy diferente. Ni fiestas de despedida, ni pinchar música toda la noche en la playa, ni visitas al barco, ni aperitivos con los colegas, ni videos con la GoPro o con el drone; sino una fuga, por la noche, a la francesa.  En el muelle, a despedirnos, sólo 3 amigos del puerto, los íntimos que viven en sus barcos aquí en Port Ginesta. No hice ni siquiera la pintada que quería dedicar a ese pringado de Rodrigo (el capitán de Port Ginesta): “más vale grumete de mar que capitán de puerto” le iba a escribir con mi rotulador en el escaparate de la estación meteorológica de capitanía.

En los últimos dos meses, todo había cambiado convulsamente.  El barco estaba listo, pero de repente, por razones personales, se había evaporado buena parte del sueño y todo el encanto del despegar hacia nuevos horizontes. La gran partencia triunfal se había transformando en un “pírate de aquí de una puta vez”.

Con este espíritu, la noche del 2 de abril, soltamos amarras para empezar el viaje de sólo ida que tanto habíamos imaginado. Más que el comienzo de un viaje, para mí sería el estreno de una nueva manera de vivir, más bien nómada, con el baricentro ya no en tierra sino en la mar.

Además de mi socio Rocky, me acompañan dos tripulantes más: el grumete Robi (ya bastante entrenado tras el viaje por Grecia) y la simpática Marcella, una amiga histórica de Rocky, que nunca había navegado en su vida.

La primera escala fue el puerto de St. Antoni en Ibiza, donde nos encontramos con nuestro amigo Faber (navegante punk) y con la Tatí de la Cofradía de Navegantes Anarquistas -que, al ser justo su cumple, vino a bordo con amigos y cervezas para una cena piratesca y entretenida.

Tras dos noches pasadas en St. Antoni, empezó el viento ideal que anunciaban los GRIBs, él que nos permitiría bajar hasta Cádiz sin escalas y sin tener que encender el motor. Así que recorrimos alegremente las 400 millas que nos separaban de Gibraltar, en menos de 4 días de viento por la aleta, viendo delfines a punta pala y hasta calderones. Probamos varias configuraciones de velas, incluso lo spinnaker y el génova reciclados, y pudimos apreciar la utilidad del tangón que armé la última semana en Barcelona, indispensable para vientos portantes. También tuvimos las primeras incidencias materiales: el enrollador se volvió a quedar clavado (lo habíamos arreglado en septiembre) y la contra rígida que había comprado de ocasión se partió… Por otro lado, tuvimos también grandes satisfacciones: haber invertido en un sistema AIS receptor/emisor, por ejemplo, fue un acierto… es una tecnología que te quita un montón de paranoias, y te puede salvar la vida, especialmente en lugares muy concurridos como el estrecho.

La noche del 8 de abril, al acercarnos a Gibraltar, volvimos a tener cobertura en el móvil, y aprovechamos para descargar nuevamente el meteo: los ficheros GRIB daban vientos de hasta 28 nudos de empopada al pasar el estrecho, por lo tanto decidimos reducir trapo y tirar hacia Cádiz aprovechando nuestra buena racha hasta al final. Sin embargo, al amanecer, ya teníamos 35 nudos y seguía aumentando (tanto el viento como el oleaje): pero ya no había vuelta atrás posible. Nos alejamos de la costa para salvar los bajos de Trafalgar, mientras el viento se establecía a 45 nudos con ráfagas de hasta 52. Surfeábamos a velocidades improbables para nuestro barco, tipo 10/11 nudos (¡la tablet registró un record de 13.3!) sólo con la mayor completamente arrizada. Menos mal que nuestro amigo Mauro había acabado de cosernos e instalarnos las líneas de vida, porque a partir de allí las estuvimos aprovechando… Al mediodía, pasado Trafalgar, nos atrevimos a trasluchar, pero la escota de la mayor se pilló en una de las tablas de surf y la partió. No tuvimos el tiempo de lamentar esta perdida, que la rueda del timón se destornilló, y por un momento perdí el gobierno del barco. Mientras enganchaba la caña de respeto, una ola nos hizo trasluchar, y la violencia del viento hizo que se rompiera el grillete que aguantaba la retenida de la botavara, que por lo tanto pasó fulminantemente al otro costado  y por el impacto se partió . De repente nos encontrábamos entre olas de 5 metros, con una caña de respeto a duras penas manejable, y la botavara partida que colgaba de la mayor, dando golpes incontrolados y haciéndola tiritas. Até la caña a sotavento y fui a ayudar a Rocky que trataba de impedir que la botavara reventara también los metacrilados de nuestra superestructura, cortamos los rizos, el pajarín y el puño de amura de la mayor, que se puso en bandera tirando desde tope de palo, luego corté también la driza y la vela voló en el cielo con la ligereza de un espi. Atamos la botavara en cubierta, y acto seguido me fui a echar dos estachas de 60 metros por la proa, una atada a un cubo, otra a una garrafa de diesel vacía. Con L’Alliance a la capa a palo seco (literalmente, jeje) nos quedábamos atravesados a la mar, pero derivando a 2 nudos los remolinos que hacíamos evitaban que las olas nos rompieran encima, por lo menos en la mayoría de las ocasiones. En el interior era difícil aguantarse de pié, porque el barco se movía tremendamente, pero nuestros tripulantes disimulaban bien el susto y nadie se animó ni a vomitar. Mientras tanto habíamos tenido también que atar la eólica, que con ese viento estaba girando como loca a pesar del freno electrónico, y había recalentado el regulador hasta al punto que temíamos que prendiera fuego. Y lo último que nos faltaba ahora era un incendio… Nos quedamos a la capa 8 horas, tratando de descansar, reorganizando la cubierta, arreglando la rueda del timón y planteándonos cómo salir de allí. Lanzamos un Pan Pan a través de un barco mercante: el segundo Pan Pan de mi vida, y otra vez en Trafalgar!!! vaya coincidencia! Sin embargo, esta vez, no tuvimos que solicitar auxilio, sino que simplemente informamos Tarifa Tráfico de nuestra posición y de nuestras averías. También pedimos información meteorológica más detallada, y nos enteramos que el viento iba a seguir por lo menos 24h más… A medianoche, notando que los choques de las olas en el casco se hacían cada vez más fuertes, nos cansamos de estar allí encajando golpes y decidimos tirar por la calle de en medio: arrancamos el motor y nos aproamos a las olas, rumbo Cádiz.

El resto de la noche lo pasamos subiendo y bajando de las olas como montañas rusas, Rocky y yo alternándonos al timón, pillando rociones que parecían más bién latigazos, como si te dieran en la cara con una Kärcher. Por suerte el motor hizo bien su trabajo, y poco a poco salimos de la zona de más fuerza del temporal. Llegamos a Cádiz y fondeamos en la caleta a las 10 de la mañana, después de 5 días de navegación (las últimas 36 horas sin dormir).

No pude evitar de comparar este viaje BCN-Cádiz con el que había hecho en 2010 con la Sylphide: en aquella época, costeando y reparando averías, había tardado casi un mes; mientras que con L’Alliance recorrimos la misma distancia en una semana. Pero en ambos casos al llegar a Trafalgar el mar nos dió una buena bofetada.

Fue mi primera vez en un fuerza 9, y para Rocky también, pero a pesar de los errores que hubiéramos podido evitar (poner una tuerca autoblocante a la rueda del timón estaba en nuestra lista de cosas por hacer, pero se nos transpapeló…) en realidad estábamos contentos de que nadie se hubiese hecho daño, y de como supimos salir de eso dignamente. Fue una experiencia muy interesante, porque nos permitió descubrir todos los puntos débiles de nuestra jarcia de labor, aunque la jugada nos acabó saliendo bastante cara. Un buen test para el barco también, que se reveló un verdadero tanque del mar.

Sin embargo, una vez pasada la adrenalina, quedó un poco de bajón por ver nuestro querido barco mutilado y machcado… El Océano, a su manera, nos dio el toque desde el principio: si lo que queréis es viajar por los mares, sobretodo en una época en que el cambio climático hace que los fenómenos metereológicos sean cada vez menos previsibles, hay que ir bien preparados.

(Singladura del viaje: 620 millas)

por Grecia con Zero

Zero es un magnifico velero de exploración, 18m de eslora, una línea tan deportiva que parece un IMOCA, pero al mismo tiempo una sólida construcción, casi todo de aluminio (menos unas partes de la superestructura que son en sandwich polyester). Fue diseñado por el suizo Peter Gallinelli para dos armadores franceses, que se gastaron todo en este dream ship para navegar por latitudes extremas. Al poco tiempo de disfrutar de este “pequeño Tara”, uno de los dos propietarios falleció. El otro, no pudiendo pagar a la familia el valor de la otra mitad del barco, se veía obligado a ponerlo a la venta… Sin embargo, otros amigos se propusieron de ayudarle a relevar Zero y gestionarlo conjuntamente: así fue creada la asociación Zero al Infini, y ahora el velero pertenece a 5 armadores, que se van turnando para que siempre haya un patrón a bordo y el barco nunca pare de navegar. Y la tripulación? Pues cualquiera puede apuntarse para navegar con ellos, a cambio de una modesta contribución de 23€/día para gastos de mantenimiento (+40€/año de cuota asociativa).

Naturalmente, siendo un apasionado de veleros de exploración, no me pude aguantar! El 5 de marzo volamos hacia Atenas para ir a navegar a bordo de Zero (yo y mi fiel grumete Nandone Nandoni). Allí encontramos uno de sus capitanes, Gilles, un hombre entreñable. La idea era, desde Porto Cheli, acercar el barco a Corfu; por razones de meteo y de dinero, descartamos el atajo del canal de Corinto, y nos lanzamos más bien en una vuelta del Peloponneso, por pequeñas escalas, para disfrutar también de esos pueblos Griegos que por el invierno se hallan casi abandonados, en gran contraste con la vida turística de la temporada alta. Los principales fondeos fueron en Poulithra, Yerakas, Neapolis (lamentablemente no paramos en Monemvasias, qué error!), Mezapos, Limeni (desde donde nos llevaron en coche a visitar Aerópolis), Koroni y Kalamata.

Desde el pueblo de las aceitunas, volvimos en bus hacia Atenas para visitar la capital helénica: un día de turismo arqueológico, y una noche de “turismo” anarquista por el barrio de Exarchia

En fin, para volver a la experiencia de navegación a bordo de Zero, se puede resumir como una gozada total: el méteo fue clemente aunque variable, y llegamos a puntas de 10 nudos como quién no quiere la cosa. Para Nandone -que se estrenaba como marino- fue una navegación muy formadora. Yo me enamoré del diseño de cubierta, con todas las maniobras corrientes reenviadas a la bañera, desde donde se puede cómodamente controlar absolutamente todo, hasta las derivas, con solo 4 winches. También la luminosidad del cuadrado y la habitabilidad de los espacios me encantaron, así como el increíble “garage” para el anexo. La estufa diesel es un puntazo para los climas fríos, al igual que las puertas estancas… Puntos débiles de Zero? bueno, ningún barco es perfecto… el hecho que la motorización sea de astillero y no haya manera de extraer el motor entero sin desmontar medio barco, algún día será seguramente un problema mayor. La accesibilidad de algunos sistemas, como el desague del baño, es muy complicada, y el hecho que la cocina y el baño sean debajo de la flotación obligan a un depósito y una bomba de aguas grises que precisa mucho mantenimiento. Pero bueno, de momento Zero queda siendo la mejor aproximación a mi concepto de barco ideal, porque llevar con un timón de caña un barco que desplaza 20 toneladas y tener las mismas sensaciónes que con un Pogo, es algo que no tiene precio.

Singladura de este viaje: 205 millas

de Lisboa a Tenerife con Manu

A finales de noviembre me fui a Lisboa a conocer personalmente Manu Wattecamps, un joven navegante solitario bretón que con 19 añitos se volvió un nómada de los océanos, y ahora que tiene 28 ya es un verdadero lobo de mar. Tiene en su estela el Cabo de Hornos, el río Amazonas, el pasaje del Noroeste, y travesías de casi 2 meses como la que lo llevó hasta a Hong Kong…

Lo había conocido “virtualmente” el año pasado, haciéndole una entevista para el blog de L’Alliance, y desde entonces hemos quedado en contacto, y acabé siendo el editor de su primer libro… En ocasión de la publicación de las primeras copias, me invitó a navegar con él a bordo de su “Céleste” desde Portugal hasta Canarias.

Empezamos con un day sailing desde Cascais hasta Lisboa, para calentar los motores, y al día siguiente zarpamos rumbo a Tenerife. Pero nada más atar los guardines del piloto de viento, se dió cuenta que estaba funcionando mal… identificó la pieza que fallaba, y viendo que no se podía reparar en navegación, optó por recalar en Sesimbra. Allí hicimos una escala de 6 horas, justo el tiempo de hacerle una reparación chapuzera al piloto de viento, y por la noche volvimos a zarpar.

Nos esperaba una semana de navegación bastante animada, con temporales todos los días, vientos frescos y no siempre favorables: se supone que los vientos dominantes a lo largo de esta ruta sean de sector norte, pues nosotros estuvimos de ceñida por la mayor parte del viaje, e incluso tirando bordos contra el Sur-Suroeste! Yo me acordaba de cuando había bajado a Canarias con Alberto, que cada día nos quitábamos una capa de ropa… pues esta vez estuvimos con gorro de lana y traje de agua hasta amarrarnos en el puerto de Sta Cruz de Tenerife! Eso si, a la mañana siguiente nos levantamos ccon un Sol radiante y una calor increíble…


En general fue para mi una gran experiencia de navegación de altura, y sobretodo de vida: compartir este cacho de ruta con Manu me hizo ver como viven los verdaderos aventureros del Océano, en un barco espartano pero sólido, con pocos recursos y ningún lujo, pero con lo esencial para navegar en seguridad. Me acordó bastante mi primera navegación de altura, a bordo del Kirn.

Y sí, a veces fue duro, heché de menos una nevera, un enrollador de genova, una ducha, y me harté de fregar platos directamente por la borda. Me frustraba el piloto de viento, que requería frecuentes ajustes y núnca iba tan recto como lo haría un piloto automático… Sin embargo, al cabo de unos días, le empecé a encontrar el gusto… a entrar en el papel, a ver ese delicado mecanismo que constituye el piloto de viento como un tripulante más, un amigo silencioso, y a percebir algo de esa alianza entre marino y elementos de la que tanto habla Moitessier.